CDP – Principios y Valores

LOS VALORES

  • Las personas y las congregaciones se convierten en aquello que valoran.
  • Cuando una persona define sus valores, define sus acciones, define su pasión y define su forma de vida.
  • Lo mismo ocurre con la Iglesia. Los valores que elegimos determinan que vamos a hacer y en definitiva que vamos a ser como iglesia.

¿Qué son los valores?

  • Los valores son las Prioridades Interiores que se Expresan de forma Clara en nuestras Acciones Concretas.

¿Cómo conocer los valores de su iglesia?

  • Para descubrir los valores reales pregúntese: ¿Qué hizo la última semana? ¿En qué uso su tiempo, su energía y su dinero en la última semana?
  • Todos nosotros dedicamos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro dinero en aquellas cosas que valoramos. Mateo 6:21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Las Iglesias también.

  • Para que Cristo sea el centro de la congregación debemos empezar a valorar lo que Él valora y de esta manera vivir como Él vive.
  • Si nosotros vamos a vivir como el Cuerpo de Cristo debemos identificar los valores que caracterizan el corazón de Dios y hacerlos nuestros valores como iglesia.
  • En Mateo 22:37-39 la Palabra de Dios declara lo que Él valora para Su iglesia por sobre todas las cosas.
  • De esto nosotros hemos derivado en dos valores esenciales y podemos intentar aplicarlos en nuestras iglesias a través de todas nuestras acciones.
    • Nuestro primer valor es amar a Dios con todo nuestro ser.
    • Nuestro segundo valor es amar a las personas.

Las decisiones que tomamos en la vida, ya sean individuales o como congregación, están intrínsecamente ligadas a aquello que realmente valoramos. Nuestros valores son el faro que guía nuestras acciones, pasiones y estilo de vida.

Jesús mismo nos advirtió en Mateo 6:21 “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Nuestro tesoro, aquello que atesoramos y valoramos por encima de todo, determinará hacia dónde apuntarán nuestros corazones y nuestros esfuerzos.

Si como individuos o como iglesia valoramos cosas temporales y materiales, nuestras energías y afanes se enfocarán en eso. Pero si valoramos lo eterno, lo espiritual, el amor de Dios y el prójimo, nuestra vida y ministerio reflejarán esas prioridades.

La iglesia no es más que el conjunto de creyentes que la formamos. Por tanto, los valores que cultivemos determinarán si seremos una iglesia mundana o transformadora, egoísta o generosa, tibia o ardiente en nuestra fe.

Que Dios nos conceda sabiduría para valorar y atesorar las cosas que realmente importan para su reino y su gloria. Así podremos ser verdaderamente la iglesia que Él desea.

Entonces, los valores son los cimientos sobre los cuales se construye la esencia de una familia o una institución. Así como en el hogar existen principios rectores que guían el comportamiento y las decisiones de sus miembros, de la misma manera, la iglesia se erige sobre un conjunto de valores fundamentales que le brindan identidad y orientan su misión. Tanto el núcleo familiar como la comunidad eclesiástica comparten la necesidad de cultivar y preservar estos valores esenciales, los cuales se convierten en el legado más valioso que se transmite de generación en generación.

En esta introducción, se establece la importancia de los valores tanto en el ámbito familiar como en el de la iglesia, destacando que son la base sobre la cual se cimientan y definen ambas instituciones. Se resalta la necesidad de compartir, cultivar y preservar estos principios fundamentales, convirtiéndolos en un legado perdurable.

Este prefacio sienta las bases para explorar más a fondo la comparación entre los valores específicos que rigen en cada una de estas esferas (Casa-Iglesia) para posteriormente poder desarrollar el tema LAS CASAS DE PAZ.

 

EN LA CASA COMO EN LA EKKLESIA.

Tanto en el hogar como en la iglesia, el amor es un valor fundamental e imperecedero. Así como Jesucristo nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Mt.22:36-40), en el seno familiar aprendemos a amar incondicionalmente a nuestros seres queridos, cultivando lazos inquebrantables de cariño y comprensión.

Otro valor esencial es el respeto. En la casa, respetamos la autoridad de los padres y la dignidad de cada miembro de la familia. De igual forma, en la iglesia rendimos respeto y honra a Dios, así como a los pastores y líderes espirituales que guían nuestra congregación, siguiendo el ejemplo de humildad y servicio de Jesucristo.

La unidad es también un pilar inamovible. Las familias se fortalecen cuando permanecen unidas, apoyándose mutuamente en los momentos difíciles. Igualmente, Jesús oró por la unidad de sus discípulos (Jn.17:6-18), y la iglesia se erige como un cuerpo unido en la fe y el amor a Cristo.

En resumen, valores básicos como el amor, el respeto y la unidad son fundamentales tanto en el hogar como en la iglesia, y encuentran su mayor expresión en las enseñanzas y el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, quien es el vínculo perfecto entre estas dos instituciones sagradas.

 

EL SEÑOR DE LA CASA Y DE LA IGLESIA.

Filipenses 2:9-11 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

El apóstol Pablo nos recuerda en Filipenses 2 que Dios ha exaltado a Jesucristo sobre todo nombre, concediéndole la máxima autoridad y gloria. Ante esta verdad sublime, proclamar a Cristo como Señor debe ser el corazón mismo de nuestro testimonio, tanto en el hogar como en la iglesia.

En el seno familiar, los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos la preeminencia de Jesús y modelar con su ejemplo la sumisión a Su señorío. Es en el hogar donde se siembran las primeras semillas de fe, inculcando en los pequeños el hábito de doblar sus rodillas y confesar con sus lenguas que Cristo es el Señor. Cuando los hijos ven a sus padres honrando y proclamando a Jesús, aprenden a hacer lo mismo.

De igual manera, la iglesia debe ser un heraldo fiel de la supremacía de Cristo. Desde el púlpito hasta los ministerios y actividades, cada aspecto de la vida eclesial debe apuntar a exaltar el nombre de Jesús. Es en la congregación donde los creyentes se alientan mutuamente a vivir bajo el señorío de Cristo, doblando sus rodillas en adoración y confesando con sus lenguas que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Tanto en el hogar como en la iglesia, proclamar a Jesucristo como Señor no es solo una obligación, sino un privilegio incomparable. Al hacer esto, traemos gloria al Padre celestial y nos unimos a la multitud celestial que un día doblará toda rodilla ante el Cordero exaltado. Que nuestras vidas, en cada ámbito, sean un testimonio vivo de la preeminencia de Cristo.

Continua

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