Mi pueblo bendito es.

SERIE: La fidelidad de Dios

Tema: Mi pueblo bendito es.

Texto: Deut.7.9

Objetivo: Poner toda nuestra confianza en el Señor.

E hizo jurar José a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos. Gn.50.25

INTRODUCCIÓN

  • El concepto de fidelidad va ligado a las promesas de Dios, ya que la fidelidad de alguien se mide por el cumplimiento de lo que promete.
  • Dios siempre ha cumplido su palabra al pie de la letra.
  • Nunca ha faltado a su palabra ni le ha fallado a nadie.
  • Él es fiel y cumple lo que promete, a diferencia del ser humano.

DESARROLLO

PARECE UN MAL FINAL.

“Entonces dijo Dios a Balaam: No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es.” Nm.22.12

Como cristiano, vives tu vida en la encrucijada de una doble realidad. Por un lado, vives en la certeza del perdón y la salvación que Dios te ha prometido por causa del evangelio. Pero, por otro, vives también en la certeza de tu imperfección y tu rebelión cotidianas.

Tu salvación no ha sido aún consumada, y por lo tanto gimes, y en ocasiones te llenas de ansiedad a causa de tu falta de santidad y devoción. Es entonces cuando te haces las siguientes preguntas: ¿Cómo puede Dios amar a un pecador tan testarudo como yo?, ¿hasta dónde llegará su paciencia y su fidelidad?, ¿puede Dios verdaderamente amarme incondicionalmente tal y como soy?, ¿Qué me garantiza que Dios no se cansará un día de mí? Las Escrituras responden a estas preguntas en múltiples ocasiones, pero una de las respuestas más elocuentes se encuentra en las narrativas históricas y las afirmaciones divinas contenidas en el libro de Números.

Números describe eventos selectos en el período posterior a la construcción del Tabernáculo y la proclamación de la Ley, comenzando con el censo (1-2) y el orden del campamento (2-8). Luego de celebrar la segunda Pascua en Números 9, el pueblo inicia su travesía rumbo a la Tierra Prometida bajo la dirección del Señor: “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían…” (9:23). Más adelante se encuentra la descripción de su primera jornada en estos términos: “En el año segundo… partieron los hijos de Israel del desierto de Sinaí según el orden de marcha… Partieron la primera vez al mandato de Jehová…” (10:11-13). El v13 es significativo porque, en las narraciones de Números, esta es la primera y última vez en la que los israelitas siguieron específicamente el mandato del Señor sin quejas ni murmuraciones.

 

La infidelidad de su pueblo

A partir de ese momento, y hasta el capítulo 22, Moisés decide presentar eventos muy selectos de la historia de Israel en el desierto durante los siguientes 40 años que tienen un tema común: la rebeldía de Israel. El capítulo 11 comienza diciendo: “Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová” (11:1). Cuatro versículos más tarde, se encuentra el siguiente evento donde “los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!” (11:4). Luego en el capítulo 12, “María y Aarón hablaron contra Moisés… Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová?” (12:1-2).

En el capítulo 13, encontramos el evento que llevó a los 40 años en el desierto. Antes de entrar a la Tierra Prometida, Moisés envió espías a la tierra quienes reportaron que “ciertamente fluye leche y miel” (13:27). Pero además anunciaron: “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros” (13:31). Tan sombrío fue su reporte que “toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón… y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto… ¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada?…” (14:1-3).

El patrón es evidente. Este es un pueblo de dura cerviz: ingrato, descontento, obstinado y desobediente. Y luego de cuarenta años, la nueva generación continuaría este patrón una y otra vez (ver 16:1-3, 13-14, 28-33; 16:41; 20:1-2, 7-12; 21:4-6) hasta llegar al capítulo 22 donde se arriba al clímax de la historia. Israel está de nuevo en la frontera de Canaán acampando en los campos de Moab. Balac, rey de Moab, tiene tanto temor que envía un mensaje al profeta Balaam diciendo: “Un pueblo ha salido de Egipto, y he aquí cubre la faz de la tierra, y habita delante de mí. Ven pues, ahora, te ruego, maldíceme este pueblo, porque es más fuerte que yo” (22:5-6). En este momento, cualquier lector que ha seguido la narración de Moisés sin interrupción, reconocerá que luego de leer los capítulos 10 al 21, no puede sino identificarse con Balac. Parece lo más lógico unirse a Balac diciendo: “¡Sí! ¡Por favor maldice a este pueblo! ¡Son insoportables! ¡¿Que lector no concluiría que este pueblo es digno de ser maldecido?! En la secuencia de las narrativas de Números, ¡la obediencia del pueblo les duró tan solo 3 días en un período de 40 años (ver Números 10:33)!

 

La fidelidad de Dios

Sin embargo, es aquí donde brilla la inmutable fidelidad de Dios: “Entonces dijo Dios a Balaam: No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es” (22:12). A los ojos de Dios, y en concordancia con la fidelidad a su pacto, este pueblo ingrato, descontento, obstinado y desobediente, era, simplemente, bendito. Escuchaste bien: ¡Bendito! Balaam no debía maldecir al pueblo ni tenía razón para hacerlo. Este era el pueblo de Dios (Deut. 7:6-9). Por el contrario, Dios ordenó a Balaam que bendijera explícita y específicamente al pueblo. No una, ni dos, sino tres veces. Y los términos de su bendición revelan inequívocamente la maravillosa gracia que se hace visible en su fiel amor: “He aquí, he recibido orden de bendecir; él dio bendición, y no podré revocarla.

No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. Jehová su Dios está con él, y júbilo de rey en él” (Núm. 23:20-21).

Tan grande es la fidelidad de Dios a su palabra y su pacto con su pueblo que, a pesar de la infidelidad de ellos, él no los desampararía. Lo mismo sucede contigo, querido lector, si él es tu Señor y Salvador.

 

Para reflexionar

¡El fiel amor de tu Dios y Salvador perdura para siempre! ¡Gloria a su bendito nombre! Por eso puedes vivir confiado, sabiendo que él tendrá cuidado de ti. Si eres su hijo, él nunca te dejará.

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